POR JENNIFER ROCIO RUGELES RAMIREZ
PSICÓLOGA – ESCRITORA – CONFERENCISTA – BOGOTÁ COLOMBIA
@JENNIFERRUGELESR

El fin de año llega como un recordatorio de que, aun en medio del ritmo acelerado de la vida, necesitamos detenernos para escuchar lo que realmente importa. Este tiempo de cierre nos invita a entrar en un espacio interior sagrado, donde la memoria, la fe y la esperanza se entrelazan para revelarnos lo que Dios ha estado haciendo en silencio.
La gratitud se vuelve entonces un acto espiritual profundo. No una emoción pasajera, sino una postura del corazón. “Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.” (1 Tesalonicenses 5:18). Estas palabras no nos piden agradecer solo lo bello o lo fácil, sino todo aquello que nos transformó, incluso aquello que no comprendimos en el momento. Agradecer se convierte en un acto de confianza: creer que, detrás de cada circunstancia, Dios estuvo presente, sosteniéndonos con amor y propósito.
Mientras repasamos el camino recorrido, descubrimos que cada alegría fue un regalo y cada desafío, una semilla de crecimiento espiritual. En los silencios encontramos guía; en las lágrimas, fortaleza; en lo inesperado, la mano de Dios que nos enseñó a depender más de Él.
El año que termina también nos abre la puerta a nuevos comienzos. Y los nuevos comienzos, desde una mirada de fe, no dependen del calendario, sino del corazón que se rinde y se renueva. Soltar lo que pesa, perdonar lo que dolió, abrazar lo que nace: todo es parte del movimiento divino que nos prepara para lo que viene.
Al iniciar un nuevo ciclo, pidamos a Dios sensibilidad para reconocer Sus pasos en nuestro camino y valentía para caminar hacia lo que Él tiene preparado. Que avancemos con gratitud, esperanza y la certeza de que cada inicio está alineado con un propósito mayor.
