
Dr. Antonio Florido, Ph.D.-CH. – Puerto Rico
Pastor, Consejero Clínico Pastoral, Conferencias, Coaching, Mentoría y Predicación.
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“Traed todos los diezmos al alfolí… y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos.” — Malaquías 3:10 (RVR1960)
En una época donde el éxito suele medirse por la cantidad de bienes acumulados, la Biblia presenta una perspectiva completamente diferente. Para Dios, la verdadera prosperidad no comienza en la cuenta bancaria, sino en el corazón. Antes de hablar de dinero, las Escrituras hablan de mayordomía; antes de hablar de abundancia, hablan de fidelidad.
Uno de los errores más comunes de nuestra generación es creer que somos dueños de todo lo que poseemos. Sin embargo, la Palabra de Dios nos recuerda que “de Jehová es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1). Nosotros no somos propietarios absolutos; somos administradores de aquello que Dios ha puesto temporalmente en nuestras manos.
Esta verdad transforma completamente nuestra manera de vivir. Cuando entendemos que el tiempo, la familia, los talentos, la salud, las oportunidades y los recursos económicos pertenecen al Señor, dejamos de preguntarnos cuánto podemos quedarnos y comenzamos a preguntarnos cómo podemos honrar mejor a Dios con lo que Él nos ha confiado.
La mayordomía bíblica nunca ha sido simplemente un asunto financiero. Es una expresión de adoración. Cada decisión económica revela, en cierta medida, dónde está nuestro corazón. Jesús mismo afirmó: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mateo 6:21).
Por esa razón, Dios no necesita nuestro dinero; Él busca formar nuestro carácter. La fidelidad en las finanzas desarrolla disciplina, gratitud, contentamiento y dependencia del Señor. Es un proceso mediante el cual Dios trabaja internamente mientras administramos externamente.
Vivimos en una sociedad que constantemente alimenta el deseo de tener más. La publicidad nos convence de que nunca es suficiente. Siempre existe un modelo más nuevo, una experiencia más exclusiva o una meta económica aparentemente indispensable para ser felices. Sin embargo, cuando el corazón encuentra su satisfacción únicamente en las posesiones, inevitablemente experimentará ansiedad, comparación e insatisfacción.
El apóstol Pablo aprendió un principio profundamente liberador cuando escribió: “He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación” (Filipenses 4:11). El contentamiento no significa conformismo ni falta de aspiraciones. Significa reconocer que nuestra paz no depende de la cantidad que poseemos, sino de la presencia de Aquel que sostiene nuestra vida.
La fidelidad también se manifiesta en las pequeñas decisiones. Jesús enseñó que quien es fiel en lo poco también será fiel en lo mucho (Lucas 16:10). Muchas veces esperamos grandes bendiciones mientras descuidamos las responsabilidades cotidianas. Sin embargo, Dios suele preparar a las personas para mayores responsabilidades observando cómo administran aquello que hoy parece pequeño.
Esto incluye el manejo responsable de nuestros compromisos, evitar el endeudamiento innecesario, vivir dentro de nuestras posibilidades, planificar con sabiduría y practicar la generosidad. Estos principios no son simplemente estrategias financieras; son hábitos espirituales que reflejan una vida gobernada por la sabiduría de Dios.
En este contexto, el diezmo y las ofrendas ocupan un lugar importante. Más que una obligación religiosa, representan un acto voluntario de reconocimiento. Cuando devolvemos al Señor una porción de lo que Él mismo nos ha permitido recibir, declaramos con nuestras acciones que nuestra confianza no está en el dinero, sino en el Dios que provee. La obediencia rompe el poder de la autosuficiencia y fortalece nuestra dependencia del Padre.
Malaquías 3:10 contiene una de las invitaciones más extraordinarias de toda la Escritura. Dios llama a su pueblo a confiar plenamente en Él y promete abrir ventanas de bendición sobre quienes caminan en obediencia. Esta promesa no debe interpretarse como una fórmula para obtener riquezas materiales, sino como una demostración del cuidado y la fidelidad de un Padre que honra a quienes le honran.
Como pastor, he observado que las personas más generosas no siempre son las que poseen más recursos, sino aquellas que han comprendido que todo proviene de Dios. Su actitud produce paz, gratitud y una profunda libertad frente al materialismo. Descubren que la verdadera riqueza consiste en vivir con un corazón disponible para servir y bendecir a otros.
La mayordomía también alcanza nuestras palabras, nuestras relaciones, nuestro tiempo y nuestros dones. Administramos bien cuando usamos nuestras capacidades para edificar, cuando invertimos tiempo en nuestra familia, cuando servimos con excelencia en la iglesia y cuando empleamos nuestros recursos para extender el Reino de Dios.
En una cultura marcada por el consumo acelerado y la búsqueda constante de éxito, la Iglesia está llamada a modelar un estilo de vida diferente. Un pueblo que administra con integridad, trabaja con diligencia, comparte con generosidad y reconoce que toda buena dádiva proviene del Padre.
Quizá el desafío más importante no sea cuánto poseemos, sino cómo administramos aquello que Dios ya colocó en nuestras manos. La fidelidad comienza hoy, en las decisiones aparentemente sencillas que tomamos cada día. Allí es donde el carácter se fortalece y donde Dios prepara a sus hijos para mayores responsabilidades.
Que este mes sea una oportunidad para revisar nuestro corazón antes que nuestras finanzas. Porque cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su orden correcto. La verdadera prosperidad no consiste en acumular más, sino en administrar con sabiduría, vivir con gratitud y caminar en obediencia. Al final, el mayor reconocimiento que un creyente puede recibir no será por la cantidad de bienes que reunió, sino por escuchar aquellas palabras del Señor: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:23).
