«…sino que el vino nuevo se echa en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.» Jesús dice: «Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:5, RV60).

Solo cuando la vida de la vid, Jesucristo, fluye a nosotros, los pámpanos, estamos verdaderamente vivos y damos fruto. Esto requiere que nos arrepintamos de nuestros pecados, los confesemos y entreguemos toda nuestra vida a Jesús. Él nos da la vida interior, la vida nueva.
Sin importar cuán pecaminosas sean las circunstancias externas de nuestra vida, Él puede transformarlas y crear una nueva manera de vivir. La nueva vida interior dará forma a la vida exterior. Entonces, el odre nuevo que Jesús nos da es lo suficientemente flexible para permitir que la vida nueva fermente y se expanda en nuestro interior. Así, el cristiano está dispuesto a ser transformado continuamente por Cristo que mora en él. A este proceso se le llama santificación.
Si deseas hacer algo para Jesús, permíteme decirte dónde comienza todo verdadero servicio. Comienza con vino nuevo en odres nuevos. Para ello, necesitas tanto el vino nuevo como los odres nuevos.
No existe otro sustituto para una entrega total al Señor Jesucristo. El mensaje de salvación no se escribe eficazmente en el corazón de los hombres mediante métodos nuevos adaptados al mundo, sino por medio de cristianos renovados tanto interior como exteriormente.
¿Deseamos ser esa clase de cristianos? Eso solo puede hacerlo el Señor Jesucristo.
«Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad…» (Efesios 4:17–19, RV60).
