Philadelphia, USA

Escrito por: Sandra Vargas- Psicóloga y Escritora- Panamá
@mitesoroestaenelcielo @familiasendios


Los desastres naturales nos recuerdan que no tenemos el control total de nuestra vida. Un terremoto, una inundación, un huracán o cualquier otro fenómeno natural puede transformar nuestra realidad en cuestión de minutos.
Muchas veces pensamos que estas situaciones nunca nos sucederán y, por ello, no siempre estamos preparados para enfrentar sus consecuencias. Cuando finalmente ocurren, no solo debemos afrontar los daños visibles, sino también pérdidas que pueden afectar profundamente nuestra estabilidad emocional, económica, física y espiritual.
Sin embargo, para quienes creemos en Dios existe una certeza que permanece aún en medio de la incertidumbre: ¡Él está con nosotros!, Dios puede abrir caminos donde parece que no los hay, usar personas e instituciones para ayudarnos y darnos la sabiduría, la fortaleza y las herramientas necesarias para afrontar aquello que estamos viviendo.

Se puede perder la estabilidad económica
Un desastre natural puede afectar directamente la fuente de ingresos de una familia. Se puede perder temporal o permanentemente un negocio o un empleo, recursos necesarios para sostener el hogar.
La incertidumbre económica puede aumentar la angustia y generar sentimientos de impotencia, especialmente cuando la persona no sabe cuánto tiempo necesitará para recuperar su estabilidad.
Se puede perder la sensación de seguridad
Las personas pueden sentir que ya no existen lugares completamente seguros. El desastre natural deja huellas emocionales que pueden manifestarse a través de la angustia, la preocupación y las dificultades para dormir, entre otras reacciones.
Generalmente, las rutinas se alteran o se suspenden temporalmente. Asistir al trabajo, a la academia, a la iglesia o realizar actividades que antes se desarrollaban con normalidad, puede quedar aplazadas debido a la gravedad de la situación o a temores que surgen como reacción física y emocional de esta experiencia.

Se pueden perder nuestros planes
El desastre natural interrumpe nuestros planes diarios y/o futuros. Un viaje, una celebración, un negocio, un proyecto familiar o cualquier otro sueño puede tener que posponerse o cancelarse porque, de repente, dejó de ser posible.

Se puede perder la integridad física y, en algunos casos, la vida
Las lesiones físicas y la pérdida de seres amados representan algunas de las experiencias más difíciles.
Una persona puede quedar con una discapacidad o una limitación temporal o permanente, pasando de tener independencia a necesitar la ayuda de familiares, amigos, vecinos o instituciones. Este cambio puede afectar profundamente su percepción de sí misma.
Pero existe una pérdida todavía más dolorosa: la muerte.
Podemos partir de este mundo o ver partir a uno o varios seres queridos y no existe una frase que elimine el dolor que produce la ausencia de alguien que amamos. Sin embargo, para quienes tenemos nuestra esperanza puesta en nuestro Señor Jesús, la muerte no representa el final, sino el comienzo de la vida eterna.
Esto no significa que no suframos, sino que, aún en medio del dolor, creemos que la vida continúa en la presencia de Dios. Por eso, desde nuestra fe, podemos decir que no hemos perdido a nuestro ser amado, sino que partió a la presencia de Dios y vive en nuestra mente y corazón en todo momento.

¿Cómo acompañar a quien lo ha perdido todo?
Acompañar también significa estar o permanecer. No siempre encontramos las palabras perfectas, pero nuestra presencia, disposición y ayuda pueden ser más importantes que cualquier discurso.
Comencemos brindando seguridad, escuchando sin juzgar y validando las emociones de quien o quienes están sufriendo. Recordemos que el temor, la tristeza, la angustia o la confusión no significan falta de fe ni debilidad.
Ayudemos en necesidades concretas y transmitamos calma, sin presionar a la persona para que “supere” rápidamente lo ocurrido, respetando el ritmo particular con el que cada ser humano procesa y vive su duelo.
El acompañamiento espiritual también puede convertirse en una fuente de apoyo. Oremos, recordando las promesas de Dios, y ayudemos a la persona a acercarse al Señor. Si el sufrimiento emocional es intenso o persistente, busquemos ayuda profesional como otra forma de cuidado.

“Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza; siempre está dispuesto a ayudar en tiempos de dificultad. Por lo tanto, no temeremos cuando vengan terremotos y las montañas se derrumben en el mar. Dios habita en esa ciudad; no puede ser destruida. En cuanto despunte el día, Dios la protegerá.” (Salmos 46:1-2,5 NTV)

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