Por Paula Valentina Vargas, Fundadora de Building Empiress
@soypaulavargas @building.empiress
Hay una diferencia real —profunda— entre un hogar que conoce de Dios y un hogar que le pertenece a Dios.
No es solo un cambio de palabras, es un cambio de esencia. Se nota en la forma de hablar, en la manera de resolver conflictos, en la paz que habita el ambiente y en la esperanza con la que se enfrenta el futuro.
Yo crecí en una familia colombiana tradicional, con valores, con creencias culturales, pero sin una relación personal con Dios. Sabíamos de Él, pero no caminábamos con Él.
A los 19 años tuve mi primer encuentro real con Dios. Fue un despertar. Pero fue a los 20 cuando tomé la decisión de seguirlo en serio. Y aunque ese proceso fue profundamente personal, nunca fue solo para mí.
Porque cuando Dios transforma a una persona, empieza a tocar todo lo que la rodea.
Aproximadamente un año y medio después, mi familia comenzó a acercarse a Dios. Y lo que he visto en estos últimos seis años es algo que solo puedo describir como una obra sobrenatural.
Dios no solo cambió nuestras creencias, transformó nuestras relaciones.
Sanó heridas del pasado que llevaban años guardadas. Nos enseñó a perdonarnos de verdad. Restauró vínculos que parecían normales por fuera, pero que por dentro necesitaban sanidad. Trajo una nueva forma de comunicarnos, de amarnos y de caminar juntos.
La diferencia es evidente.
Cuando Cristo no está en el centro, el hogar puede funcionar, pero no necesariamente florecer. Pero cuando Él reina, todo empieza a alinearse. No porque seamos perfectos, sino porque hay una presencia que guía, corrige y sostiene.
Por eso la declaración de Josué cobra tanto sentido: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15). No es solo una decisión individual, es una visión familiar.
Hoy puedo decir con certeza que Dios transforma hogares. Que no importa cómo se vea el punto de partida, Él puede restaurar lo que parece roto, sanar lo que duele y construir algo completamente nuevo.
Y si hoy alguien lee esto pensando: “mi familia no está ahí todavía”, quiero decirte algo con todo el corazón: no pierdas la fe.
Dios también está interesado en tu casa.
Así como lo hizo conmigo, puede hacerlo contigo. Así como salió a mi encuentro, también puede salir al de tu familia.
Hoy oro por ti:
Señor, te pido por cada persona que está leyendo esto. Que así como tú transformaste mi hogar, también alcances el suyo. Que tanto ella como su casa, tanto él como su familia, lleguen a conocerte de manera real. Que tu amor restaure, sane y una. Y que puedan ver tu mano poderosa obrando en cada área de sus vidas. Amén.
Porque cuando una familia se rinde a Dios,
no solo cambia un hogar,
cambia toda una generación.
Por Paula Valentina Vargas
Founder of Building Empiress
