Por: Dr. Antonio Florido, Ph.D.-CH. – Puerto Rico
Pastor, Consejero Clínico Pastoral, Conferencias, Coaching, Mentoría y Predicación.
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“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” – Filipenses 4:13
Hablar de fe no es simplemente referirse a una creencia interna o a una declaración espiritual abstracta; la fe, en su expresión más genuina, es dinámica, activa y transformadora. Es una fuerza que impulsa al individuo a avanzar, a construir, a iniciar procesos y a sostenerse en medio de la incertidumbre. Desde una perspectiva pastoral y clínica, la fe que emprende no solo cree, sino que actúa.
En muchos contextos, se ha reducido la fe a una postura pasiva, como si esperar en Dios implicara inacción. Sin embargo, la Escritura revela lo contrario. La fe bíblica está íntimamente ligada a la obediencia, al movimiento y a la disposición de asumir riesgos guiados por la dirección divina. No se trata de impulsividad, sino de una convicción profunda que se traduce en pasos concretos.
El apóstol Pablo, al declarar “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, no estaba hablando desde la comodidad, sino desde la experiencia del sufrimiento, la escasez y la presión. Su afirmación no es una frase motivacional aislada, sino una declaración teológica fundamentada en la dependencia total de Cristo. Aquí encontramos una clave esencial: la fe que emprende no nace del ego, sino de la relación con Dios.
Desde el ámbito del desarrollo personal y ministerial, es importante reconocer que muchos no avanzan no por falta de capacidad, sino por miedo. Miedo al fracaso, al rechazo, a la incertidumbre o incluso al éxito. La fe interviene precisamente en ese punto crítico, desafiando las narrativas internas limitantes y alineando la identidad con la verdad de Dios.
Una fe que emprende entiende que el llamado de Dios siempre implicará movimiento. Abraham tuvo que salir, Moisés tuvo que confrontar, Pedro tuvo que caminar sobre el agua. Ninguno de estos actos fue cómodo, pero todos fueron necesarios. En cada caso, la fe fue el puente entre la promesa y la manifestación.
Ahora bien, es fundamental hacer una distinción: no todo emprendimiento es fe. Hay iniciativas que nacen de la ambición personal, de la comparación o de la presión externa. La fe que verdaderamente emprende está anclada en la voluntad de Dios. Por eso, requiere discernimiento, oración y una vida espiritual saludable.
Desde la consejería pastoral, también se observa que la fe activa tiene un impacto directo en la salud emocional. Cuando una persona se mueve en propósito, experimenta sentido, dirección y resiliencia. La inacción prolongada, en cambio, suele alimentar la ansiedad, la frustración y la sensación de estancamiento. Por lo tanto, emprender en fe no solo es un acto espiritual, sino también terapéutico.
Sin embargo, emprender en fe no garantiza ausencia de dificultades. Al contrario, muchas veces intensifica los procesos. Pero es en ese escenario donde se fortalece el carácter. La fe no elimina los desafíos, pero redefine la manera en que se enfrentan. Ya no se camina desde la autosuficiencia, sino desde la dependencia de Cristo.
En este tiempo, es necesario levantar una generación que no solo crea, sino que se levante y actúe. Hombres y mujeres que entiendan que la fe no es un refugio para evitar la realidad, sino una fuerza para transformarla. La fe que emprende construye, lidera, sirve y deja legado.
Finalmente, la pregunta no es si tienes fe, sino qué estás haciendo con ella. Porque la fe que no se mueve, se estanca. Pero la fe que emprende, transforma vidas, territorios y generaciones.
Es tiempo de avanzar. Es tiempo de creer… y de actuar.
