Philadelphia, USA

Por: Tatihana Pozo Puccini
www.tatihanapozopuccini.com

Hemos escuchado muchas veces las palabras de Jesús en Mateo 22:39: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Sin embargo, en medio de los afanes diarios, no siempre es fácil vivir este mandamiento de manera práctica. A veces vamos tan concentrados en nuestras agendas, responsabilidades y pendientes, que dejamos de ver al prójimo como a alguien tan valioso como nosotros mismos.
La pregunta es honesta y confrontadora ¿Estoy realmente dispuesto a amar a otro tanto como me amo a mí? ¿Creo de verdad que el amor que Dios ha depositado en mí puede fluir hacia la persona que Él cruza en mi camino, aun cuando no estaba en mis planes detenerme?
Podría contar muchas historias de momentos en los que sí me detuve para ver y servir a alguien que Dios puso delante de mí. Pero también debo reconocer que hay ocasiones en las que no fui lo suficientemente sensible para hacerlo.
Hace algunos meses, recién llegada de un viaje tras ministrar en un retiro de damas, retomé de inmediato mis actividades cotidianas. En medio de un día particularmente acelerado, me encontré con un joven que llamó mi atención de manera muy peculiar. Iniciamos una conversación breve, y aunque yo estaba apurada y con la mente llena de compromisos, sentí claramente cómo Dios me invitaba a detenerme.
Ese joven necesitaba algo más que palabras, quizá el abrazo de una madre, una oración sincera, o simplemente saberse visto y escuchado en un país que no es el suyo. Oré por él y lo invité a mi iglesia. En ese momento resonaron en mi corazón unas palabras que había compartido recientemente en el retiro ESCOGIDA, donde tuve el privilegio de ser conferencista: “No seré más espectadora. Señor, enciende mi luz. Estoy lista.”
Ese fue el llamado que hice a las mujeres, dejar de ser espectadoras, permitir que Dios nos use dondequiera que estemos y tomar acción para llevar el evangelio en todo tiempo. Cuando respondemos con fe y obediencia, Dios puede cambiar historias enteras.

Todo ocurrió muy rápido. El joven permitió que orara por él y quedó en visitar nuestra congregación. Para mi sorpresa, un domingo llegó a la iglesia acompañado de sus hijas y de la madre de ellas. Con el paso de los meses, él se mantuvo firme, recibiendo la Palabra y creciendo espiritualmente.
Tiempo después, el pastor nos compartió que este joven deseaba decir unas palabras a la congregación. Justo ese día, yo tenía a cargo la predicación titulada “Nuevos comienzos”. Qué momento tan increíble preparó el Señor. Frente a todos, aquel joven le pidió matrimonio a la madre de sus hijas, decidiendo comenzar de nuevo y ordenar sus pasos y los de su familia conforme al corazón de Dios. Fue una de las propuestas más reales y llenas de esperanza que he presenciado.
Dios permitió usarme en algo que parecía sencillo, una conversación, una oración, una invitación. Pero ese pequeño acto de obediencia se convirtió en parte de una gran historia de amor y restauración. ¡Así obra Dios!
Hoy quiero recordarte que hay muchas historias aún por escribirse, y tú puedes ser el instrumento que Dios use para ayudar, inspirar y servir a tu prójimo.

Algunas herramientas prácticas para compartir el amor de Jesús son:

 

Recuerda: si vas por la vida tan de prisa, ¿cómo te detendrás para ver a tu prójimo?

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